Para Leyssath Batista
Aunque parezca ficticio, este relato se asemeja a la vida de muchos. Resume a grandes rasgos las desventuras sentimentales de un poeta medio tocado, un tanto entrado en años y exageradamente fantasioso. Obsesionado por una criatura de Dios, que sólo podrían imaginar aquellos que alguna vez han amado con total intensidad. Venida de no supo donde, de las regiones inconmensurables de la tierra o del cielo inasible; sólo que de pronto surgió en su vida como una aparición, convirtiéndose para él en alguien muy especial, al extremo que fue dejándose arrastrar por la tersura de su envolvente candor. Abandonándose al torbellino de imágenes que se agolpaba en su alma como un desorden de posibilidades infinitas. Saboreaba el placer de soñar en plena vigilia y aquella sensación lo iba ganando suave pero certeramente. Pronto sus emociones tomaron la movilidad de una montaña rusa. Esta constatación lo impresionó más de lo que era dable suponer. Fue cuando experimentó un confuso y perturbador sentimiento, al que siguieron un número infinito de hermosas, galantes y tiernas frases. Entonces comenzó a tejer entorno a la figura de aquel ser especial, un universo de ilusiones y le escribió mensajitos por kilos, poemas por toneladas y hasta un cuento le dedicó.
Ella estaba en la flor de sus días, abriendo como las corolas. Iba camino a la cima y estaba decidida a lograrlo. No obstante le aseguraba no sentirse para nada especial y muy por el contrario considerarse “una mujer común y corriente”. Pero a los ojos del poeta, era sencillamente genial, un ser extraordinario. “La mujer más bella del mundo”, “Casi un sueño” y se extasiaba al recordarla. Era lo que podría decirse un romántico a la vieja usanza, desfasado de los nuevos tiempos. Un dinosaurio casi en este mundo de sexo desenfrenado, de relaciones inconsistentes y superficiales. Vivía prendado de sus palabras. Si ella decía por ejemplo: “Habrá tiempo luego”, el muy tonto iba y escribía un poema titulado “Habrá tiempo luego”. Si lo que decía era: “Si yo no fuera yo”, allá iba él a plasmar en finos caracteres el poema: “Si yo no fuera yo”. O cuando soltaba una frase de esas que, interpretadas en el más alto sentido, adquieren otros ribetes, él la atesoraba consigo como a una autentica joya, y así por el estilo. Podría decirse que se había convertido en un esclavo de sus palabras. Aunque en un arrebato de sensatez pensó que haría mejor abandonando a tiempo aquellas ridículas pretensiones de galán quincuagenario. Total, como quiera que fuese, él ya había consumido sus mejores cartuchos. Dudó: <La vida no te pone esos manjares en bandeja de plata todos los días>. Pero estaba decidido a echar el resto. De modo que quemó las naves. Alea jacta es -se dijo- y cruzó el Rubicón.
Ella lo miraba con cierto desconcierto, como a una especie de eslabón perdido entre la inmadurez y la insensatez, porque tenía una opinión muy objetiva y descarnada de la vida (en la medida en que se puede ser objetivo). Consideraba al amor como algo utópico, una debilidad del corazón incluso, aunque admiraba en él la virtud de reproducir mediante la palabra escrita, el tono, la cadencia y el acento preciso para cada situación y lo elogiaba de forma sincera: “Eres fantástico”; esto a él le halagaba sobremanera y fue quizá, según confesó en alguna ocasión, la causa de su incipiente enamoramiento. En efecto, dotado ciertamente de una aguda sensibilidad, sabía recoger sus impresiones de los acontecimientos más cotidianos y pueriles para luego convertirlos en autenticas piezas de arte.
Empecinado como estaba en soñar, el poeta sostenía a la manera de Coleridge, que si todos marchamos a la conquista de un sueño. Si Calderón aseguraba que la vida era un sueño. Si Lamb reformuló la creencia de que los sueños, a pesar de su caótica apariencia, reflejan de una manera secreta nuestro origen y destino. Si Berkeley pensaba que el mundo es un sueño de Dios. Si Chuang - Tzu soñó que era una mariposa. Si el universo, el mundo, los hombres, las cosas y la materia toda, no son más que pensamientos en la mente de Brahma, que a su vez es soñado por Vishnú. Si Shopenhauer afirmaba que estamos hechos de la misma sustancia de los sueños. Si los panteístas sostienen que todas las personas son una y que esa una sueña que es muchas. “Sentir –escribió Borges- que la vigilia es otro sueño que sueña no soñar y que la muerte/ que teme nuestra carne es esa muerte de cada noche que se llama sueño”. Si en Las ruinas circulares, el personaje central se da cuenta que está siendo soñado por otro y que su existencia acabará con el despertar del soñante. Entonces lo más lógico era que él tuviese el derecho a soñar con esa intensidad; a soñarla con esa intensidad. Porque sostenía a todo trance que la realidad es quizás la etapa culminante de los sueños. Consiste en su materialización, en su fin último, es decir su real-ización. “Soñamos las cosas para que luego se hagan tangibles y concretas, para que se materialicen en la realidad”.
“Si vieras la vida como yo”, le recalcaba su abuela centenaria con machaconería. “En este mundo es necesario andar bien despierto”. Pero él no quería ver la vida como nadie y sostenía por el contrario que el mundo adolece de irrealidad, lo cual contribuye al embrutecimiento de los seres, al conformismo y la pasividad de una mansedumbre vergonzosa. Total, al fin y al cabo era su vida y estaba decidido a vivirla según sus propias convicciones. “Al poeta, huésped continuo del asombro y la perplejidad, le es inmanente hablar poéticamente, vivir poéticamente, sentir poéticamente. La poesía no es una cuestión de concursos o de protagonismo o de fama, es una profesión de fe y un fatalismo. Una manera de asumirse en la vida, sin dejar de ser un refinamiento pues como quiera que sea constituye en sí misma una diletancia privativa de cierta aristocracia espiritual”, solía decir con inmodestia.
De modo que, esta suerte de caballero medieval no supo ni quiso saber si lo que amaba era a ella o a la idea que de ella tenía. No comprendía o no quería comprender que la princesa de sus sueños no era más que una mujer real de carne y hueso. Pragmática, objetiva, ambiciosa. Claramente determinada y muy temperamental por lo demás, con un geniecito de los mil demonios, los pies bien puestos sobre la tierra y la cabeza en asuntos muy concretos y reales como la realidad del mundo circundante, que suele ser a veces tan concreta como un muro de hormigón. Aunque la frugalidad de sus pocos años transitaba el momento en que se ansía el fortalecimiento del carácter y se deplora la candidez, por “haber sido tan tonta” en el pasado, cuando vio derrumbarse el muro de inocencia que la hacía indemne al hostigamiento y la crudeza de un mundo torcido. Esto, se echaba en cara a sí misma. De esa manera analizaba ella aquel periplo vivencial. Endureciéndose ante el mundo, aunque en el fondo seguía siendo más tierna que un corazón de alcachofa. Había en su apariencia ciertamente una delicada vulnerabilidad que despertaba en él, el deseo de protegerla.
Los lapsos fueron haciéndose cada vez más prolongados y en consecuencia disminuyó la frecuencia de sus encuentros. Escasamente lograba verla unos pocos minutos y en muy contadas ocasiones, aunque aguardaba la oportunidad presa de un gozo exultante. Su corazón latía furiosamente y un vértigo en la boca del estómago le susurraba: “Ésta es la propia”. Por ese tiempo al menos, su vida, un tanto aciaga, pareció inmune al infortunio. Era en esos momentos cuando podía saborear como nunca la extraordinaria satisfacción de un regocijo incomparable. Los días malos tornabanse en días buenos. Los días buenos eran mejores y los mejores eran sencillamente maravillosos. Entonces se extasiaba en la radiante luminosidad del nacimiento de las cosas, las nubes y los pájaros y un viento fresco y revitalizante, soplaba por todas partes. Si ella reía, todo reía con ella, la vida entera se carcajeaba. Todo absolutamente cambiaba a su alrededor. Las cosas tomaban un cariz alucinante. Los colores se hacían más vivos e intensos. El verde era más verde, el cielo más azul y el aire más puro. La gente le parecía hermosa y la vida menos áspera. Entraba en la lluvia como en sus años de infancia, sin importarle o no si se mojaba y chapoteaba en los charcos pensando que aquello también formaba parte de su felicidad. Pero todo ocurría dentro de su cabeza, porque ella vivía concentrada en lo suyo. Inmersa de lleno en sus planes, en sus motivaciones personales, totalmente ajena a su drama.
Aunque ausente y en virtud de aquella indescifrable magia que el amor prodiga, se hacía realidad su presencia infinita, y lograba sentirla cercana, como si siempre hubiera estado allí con él. Como si nunca se hubiera alejado.
y dada la indiferencia de la bella, hubo un momento en que el poeta sencillamente colapsó. Hundido en un silencio amargo, pensó que todo su mundo se derrumbaría. Que ya nada tendría sentido para él y comenzó a languidecer. Aunque justo es decir que en cierta forma cultivaba una fatal propensión por las turbulencias del apasionamiento, lo que de alguna manera impidió que pudiera salir del agujero negro en el que luego caería. A veces pensaba que todo no era más que un pretexto para exaltar su agudo sentido de lo trágico; una tendencia mórbida por lo escabroso. Pero no, estaba definitiva y totalmente convencido de la pureza de aquellos sentimientos. En esta situación decidió hacer lo que suelen hacer los poetas en tales casos, que no es otra cosa que trasegar caña de la buena; bastante caña. Bailaba en la alta noche con su sombra, desnudo y ebrio, llorando a ratos y riendo alternativamente, según pensara en ella o no. Un aullido de lobo era en las madrugadas, cuando se revolcaba en el desvelo interminable como un infortunado animal herido de muerte. Después, sumido en un quietismo inercial, como esas víctimas pasivas de la fatalidad; como una nuez aguardando el martillazo que la destrozará, permanecía horas enteras acariciando un ¿por qué tú? Llevaba su nombre grabado con fuego de hierro en el alma. Buscaba en el clamor de inconducentes plegarias y el ruego inconsolado a un dios ausente o en la desesperada evocación de aquel nombre, una respuesta, una señal siquiera de que todo iba a ir bien.
La realidad había irrumpido una vez más ensañándose con su habitual ferocidad. La luminosidad ya no era tan radiante. El cielo fue tornándose de un gris ceniciento. Los días fueron poniéndose oscuros y los colores opacos. Ya casi ni brisa soplaba. La ciudad toda era algo repugnante y la gente volvió a ser antipática y fea. El comenzó a mirar la vida como despidiéndose de las cosas. Enflaqueció y perdió más de seis kilos o siete. Lo cual al fin y al cabo no le hizo mella, porque estaba muy gordo, aunque su aspecto no era el mejor; hasta la cara se le descompuso, el espejo le devolvía las facciones de un boxeador a punto de ser nockeado. Realengo, sumido en la noche glacial, lanzado a perderse bajo el enigma de los astros, maldijo las equidistancias. Deambulaba impreciso por derroteros de extravío, como en el infierno de Swedenborg cuya lobreguez no perciben los condenados que han rechazado el cielo. Negado a toda expectativa, oteando un horizonte oscurecido que distorsiona sus contornos y se deslíe en el viento confuso de las tormentas; viéndose reducido al millonésimo reflejo de un vidrio roto en el medio de la calle, sentía crecer sin tregua un tenaz y perseverante nudo de amargura dentro del pecho. Entonces lloraba como un niño perdido, buscando refugio en los rincones de lugares tristes; en los cuartos sin luz, donde el dolor arrecia. Lloraba porque tenía miedo a perderla, miedo a no verla más. Y quiso superarlo todo y olvidar, pero ella estaba en su cabeza las veinticuatro horas. Entonces intuyó el tiempo que habría de sucederse para recomenzar de nuevo una vez más. Una vez más de nuevo, el tiempo de recomenzar. Confiaba en que el olvido, que anula y modifica el pasado, vendría en su auxilio.
Proscrito del acontecer de los relojes y las fechas, como un dios estacionado en el siglo IV, comprendió que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos. Comprendió que: E=mc2. Comprendió la física de Newton, los torbellinos de Monsieur Descartes y el paradigma sintagmático. Comprendió que en Parménides, que es el comienzo de la metafísica, el ser es una cualidad real de las cosas. Comprendió la crítica psicologista de Hume, el sueño dogmático de Kant, la lógica metodológica. Comprendió todo esto, pero no al amor. No pudo comprender el amor, ni al sufrimiento que este acarrea consigo, ni a la tenaz fatalidad que transpiran sus vivencias, que sublimadas luego por la añoranza de lo perdido –como suele ocurrir- acaba mitificando la nostalgia. No obstante quiso indagar en las posibilidades estéticas del misterio. Agotar hasta el desciframiento más allá de los prejuicios de la fe, el sentido último de tales fenómenos. Pero tampoco pudo entender nada.
Pero las horas amargas acabaron, pues todo tiene un límite, un hasta aquí, un no va más, un se acabó. Sobrevivió; logró sobrevivir. Finalmente desató el nudo en su pecho y pudo respirar profundo un aire nuevo. Como un moderno Fénix alzó el vuelo, sobreponiéndose a la adversidad. Porque amaba la vida por encima de todo y nada sencillamente concluía allí. Fue cuando comprendió que el tiempo realmente había pasado para él. Que hay cosas que no son como creía; que es imposible hallar lo que no existe y que el amor es una apuesta donde no siempre se gana. Que amar es un sueño como la vida misma; una ilusión de ser feliz. Comprendió que era un tonto o mejor que era un estúpido irredento, un idiota incurable y se sintió el más miserable de los seres, y se odió por eso. Así que recogió los trozos de corazón dispersos y como pudo intentó recomponerlos. Después de esto aguzó los sentidos y pretendió andar más despabilado con cara de yo te aviso, cuidándose de esos amores imprevistos que sólo fomentan la cirrosis y el desasosiego.
Un providencial retorno a la mesura le hizo reflexionar profundamente sobre su situación, al cabo del cual volvió a sus papeles, a sus poemas y cuentos. Volvió a sus prolongados insomnios literarios. A sus divagaciones de poeta; a la perpleja contemplatividad del universo. Al intrincado laberinto de elucubraciones que era su mundo interno. Cargado de nuevos propósitos, saludó con entusiasmo los días y enrumbó sus pasos por caminos ya nunca más tristes. Hacia adelante, sin volver atrás ni lamentarse por lo perdido. Lo irreparablemente dado por perdido. Deja las cenizas del amor tras de tí, el tiempo se encargará de barrerlas, había escrito en uno de esos poemas. Nothing gonna change my World. Limitless undying love wich shines around me like a million suns it calls me on and on across the universe. Se dijo, recordando una vieja canción de Los Beatles. (1)
El tiempo, que todo lo cura, lo enmienda o lo desaparece, vino a poner las cosas en orden. Ahora el dolor era un recuerdo casi y aquellos días se le antojaban inmersos en una lejanía de ensueño. A la bella del cuento no dejó de querer ciertamente, aunque no pudo perdonarle nunca el haber dejado morir aquel amor tan grande. Ahora la miraba como algo distante y lejano, totalmente fuera de su órbita. Ella se sumergió de lleno en un falso mundo de asfixiante rutina y excesiva cotidianidad, de superficialidad, de vanidad, de frivolidad y todo cuanto termine en dad. Un simulacro de vida. El mundo de los formalismos y las convenciones, del parapeto y la etiqueta, del reconocimiento y el botoncito, la placa y el diploma y la palmadita en el hombro. Del buenos días señor y la sonrisa obligada. Del sí señor. Como no señor. No faltaba más señor. Ahora mismo señor. Un mundo donde toda la gente es gris y se convence de estar haciendo algo importante. El tipo de persona que te dice, qué debes hacer y en que momento. Que te habla de la estrategia y de la táctica como si vivir fuera una guerra. Gente para la que, lo que no tiene precio, no tiene valor. Que suelen distraer vanamente su existencia con los artificios del lujo y el confort. Envanecidos de su estampa, que en el mejor de los casos simboliza el simple cumplimiento mecánico de las rutinas mentales.
La clase que instaura la imposición unidimensional de ver la vida, que perpetúa “valores” como el lujo o la opulencia, y reverencia los signos del poder. Que engendra la arrogancia y el desprecio por los desposeídos de la tierra, porque se sienten de alguna manera “elegidos”. Que suelen comportarse exactamente igual y comparten no sólo el mismo horario, sino incluso los mismos pensamientos y gustos. Las mismas ideas, las mismas perversiones, la misma afinidad encasillada dentro de un orden jerárquico con jefes de opereta, “ejes” de un engranaje cuyo objeto consiste en humillar a los subalternos y ser humillados a su vez por otro jefe. Grandes simuladores de fortuna, dados a la pachanga y ciertas oscuras historias que sería mejor no mencionar. Despojos del dogma eclesial, presas del yugo carcelario de los conceptos y las instituciones. Seres que cultivan con denuedo la propensión irrefrenable que caracteriza lo más básico del ser humano y exhiben con singular vulgaridad y sin menoscabo del pudor, tales impulsos, de los que incluso llegan a jactarse. De múltiples afinidades entre sí, emparentados en la sangre, emparentados en el vaya usted a saber, con su comprensión chata del universo, su medianía y su tinglado de flores muertas. ¿Es eso la vida acaso?
Para no hacer muy largo el asunto, diré que así fueron pasando los años. Así fueron muriendo sus sueños juveniles y así, la princesa del cuento fue envejeciendo casi sin notarlo. Se convirtió en una señora preocupada por sus adiposidades. Y un día lejano en el tiempo, revisando unos viejos papeles, se tropezó con esta historia. La historia de un poeta medio chiflado que amó a una princesa demasiado real, y recordó con nostalgia aquellos días cuando era joven y soñaba.
(1) Nada cambiará mi mundo. Un amor imperecedero y sin límites brilla a mi alrededor como un millón de soles llamándome a través del universo. (Across the universe).
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